sábado, 14 de noviembre de 2009

De nuevo viajamos deprisa

LARGO Y SINUOSO TRASLADO


Entre las cajas encuentro tus manos,
Señales rojas secas, silenciosas;
Tan desgastados están tus labios
Que no puedo por ahora
Palpar tu rastro.


Cuando lloraste por última vez en casa
Dejaste tenues aromas
A jazmín blanco y virginales campos
De amapolas florecidas a la luz de la almohada.

Trayecto que recorro desde tu ombligo hasta el codo
Y no encuentro el final
De este largo y sinuoso traslado.
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martes, 13 de octubre de 2009

SEXO ENTRE TUS SÁBANAS

Anoche volviste a mirarme con esos ojos sensuales
Con los que el domingo por el parque me violaste.
Te esforzaste por besarme y rozar mis labios
Y la humedad permitió que entraras.
El camino hacia los muslos fue lento,
Llegaron a tocarme,
Tus dedos
Y la lengua,
Tan profundamente que estuvimos en el Edén;
Ácida como la manzana y salada como las lágrimas
Por mis piernas resbaló.


Tan intensa fue la sensación que hasta mañana sentiré cerca
Tus manos y tus labios y tus dedos acariciándome
Y tus pelos en mi almohada y en la alfombra tus pantalones
Y en el baño nuestra ducha y al amanecer
De nuevo nos excitamos.
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jueves, 1 de octubre de 2009

Agradecimientos

Hoy mejor que nunca la direción de la página de este blog cobra sentido; nostalgia por lo que he dejado (no, dejé no, no es el tiempo verbal correcto) y evolución por lo que supone de iniciación y nuevo camino.

Nunca antes lo he hecho y ahora lo he intentado y mejor, como se dice, no lo intentes y hazlo.
La primera noche ha sido bonita y he dormido plácidamente estrenando el colchón. Queda mucho por hacer, hay muchas cajas que colocar y ropa que recolgar.

A quien he echado de menos es a mi hermano Carlos. Hoy me he levantado sabiendo que luego no nos diríamos buenos días, sobre las nueve y media aproximadamente. He podido recordar el olor de mi casa al dirigirme desde la cama hasta la gran cocina y calentar un café. Y algún día que otro descogelar unos filetes para comerlos. Hoy te he echado de menos Carlos.

Finalizo este post de evolución, comienzo e iniciación sabiendo que se van haciendo las cosas mejor, siempre gracias a la gente que tengo al lado.

Gracias.

sábado, 1 de agosto de 2009

LOS POST - IT

- Buenos días, ¿me puede poner un café espreso con leche de soja?. Gracias.


Le sirven un café en un vaso de poliestireno y le cobran tres euros con setenta céntimos porque la publicidad de la marca del café la hace Robert Downey Jr. Es un sistema capitalista muy injusto. Reconoce la calidad pero a un alto precio; a veces es tan ficticio que no sabemos por qué pero nos lo creemos.


- ¿Quiere una galleta o alguna otra delicatessen?.
- No.
- Son tres con setenta. Gracias. Aquí tiene su tique y el cambio.


El café está muy caliente, y tiene que dejarlo enfriar antes de poder saborearlo por primera vez.


Se sienta en un taburete y la mañana ha comenzado.

Esta rutina la tiene Albert, un catalán afincado en Madrid desde hace doce años, todas las mañanas. Antes de ir a sentarse en su silla reclinable gris compra el periódico La Vanguardia, aún mantiene las raíces del periodismo catalán.


En su mesa tiene todo lo necesario para cumplir con sus tareas a diario, desde lápices, hasta los clip plateados labiados. Además hace apenas dos semanas también dispone de un paquete de post-it azules. Han sido todo una novedad porque ya tiene una herramienta para no olvidar las citas, las reuniones, etcétera. Tanto uso hace de los post-it que incluso pasa notas a los compañeros en vez de hablarles.


Albert tiene una novia llamada Andrea que trabaja en el mismo edificio que él ocho plantas más arriba. Siempre llegan a la misma hora a la puerta del rascacielo y suben juntos hasta la planta decimocuarta, donde trabaja Albert. Andrea le da un beso y lo saca del ascensor para que se quede con ese sabor en sus labios durante el día y comience su jornada. Albert entra en la oficina y sigue pensando en esos labios que le han besado, los disfruta por unos tres minutos antes de encender el ordenador y ver el líquido de la pantalla centellear con avisos de "nuevo mensaje de email".


Transcurre la mañana y sólo a veces recuerda a Andrea. El resto del tiempo se entretiene con los post-it y las notas que escribe. Ha cogido tanta práctica o manía que tiene que encarga otro paquete porque apenas le quedan una decena.


El miércoles de la semana treinta y tres del año, Albert recibe una llamada de Andrea y le cita para una cena de cumpleaños en el restaurante Pordi, a las nueve de la noche del jueves de la siguietne semana; le ruega que no falte y no llegue tarde. Albert toma nota en un post it azul y se lo mete en la chaqueta doblado por la mitad.

Albert se marcha a casa ese día y se cambia de ropa.

Esa noche cena con Andrea, hacen el amor y empiezan a planear el futuro. Deciden negociar con Pedro la compra de su casa para finales de año.


El miércoles de la semana treinta y cuatro del año, Andrea recuerda la cena a Albert. Éste para no parecer despreocupado le confirma que sí, que lo sabe y que lo tiene preparado. Sin embargo se vuelve loco buscando el post-it azul; dónde lo escribió. No recuerda dónde lo puso, en qué traje, en qué bolsillo, dónde era el restaurante. No recuerda nada. Decide arriesgar y salir antes de tiempo para espiar a Andrea y decirla que si se van juntos, incluso piensa en llamarla para proponerle que se vean en la entrada del edificio. Ninguna de las dos opciones es válida, Andrea es de las que lo advierte una vez, y sólo una vez. Albert ya tiene varios avisos y nuca se ha creído que su novia pueda dejarlo porque no le presta atención. Albert está nervioso e incapaz de reaccionar y planear una solución. Decide llamarla para quedar e ir juntos. Piensa que es lo más sensato; pondrá alguna excusa para salir antes, dando prioridad a la cena y quedará perfecta. Él piensa que así Andrea le perdonará alguno de los olvidos.


Cuando Albert coge el teléfono y llama a la oficina le contesta Berta. Andrea ya se ha ido. A Albert le entra el pánico, sale corriendo del despacho y no toma el ascensor, baja las escaleras de cuatro en cuatro y llega a la entrada. El sudor le resbala por la frente, tiene las axilas marcadas con cercos de humedad, se le ha movido el flequillo y tiene una respiración muy acelerada. Pregunta a las chicas de seguridad si han visto a Andrea. Ellas no conocen a su novia. Él no sabe que hacer, está muy nervioso y paralizado en los tornos del rascacielo. Se queda unos diez segundos inmóvil delante del torno, con la cartera en la mano derecha pensando que hacer. Sube a su despacho y se para a pensar. No encuentra respuesta que le satisfaga. Opta por irse a casa y esperar, es la actitud típica que ya ha tenido en otras ocasiones.


A eso de las diez y cuarto recibe un mensaje de texto en el móvil y rompe a llorar como un niño pequeño al que le están saliendo los dientes. El llanto es estridente, muy agudo, nunca antes había llorado así.


Nunca antes le habían dejado a través de un mensaje de texto.

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lunes, 15 de junio de 2009

LA GALERÍA DE ARTE


Eran las dos de la tarde. Caminaba hacia casa después de una mañana larga de trabajo. Mis pasos iban evitando las juntas de las baldosas de la acera impar del Paseo del Prado. La brisa del mes de abril golpeaba en mis ojeras negras, ¡maldita fiebre nocturna!. En vela había estado toda la noche anterior y trabajar no ayudaba mucho a recuperarme. Pasé cerca del quiosco de información turística y me llamó la atención un cartel que anunciaba una exposición sobre Paul Gauguin en la galería <>. Tomé nota de las fechas y seguí mi trayecto.


Llegué a casa. Comí el brócoli que había cocinado la tarde anterior y planché la camisa de la fiesta del sábado pasado. Volví al trabajo cerca de las cinco de la tarde, me esperaban otras cuatro horas.

Durante la noche vi el anuncio de la exposición en la televisión, comprobé la fecha otra vez; 26 de Noviembre 2007 hasta 26 de Enero 2008, de 10 horas a 20 horas, lunes a sábado. Me fui a la cama y no pude descansar otra vez. La fiebre ya arreciaba, al igual que la congestión. El remedio casero de mi compañero unido al analgésico no habían funcionado. Otra noche en vela me tocó.

Las luces de enfrente de mi balcón dibujaban líneas continuas de intenso brillo anaranjado. Me levanté a las tres de la madrugada y descubrí como la ciudad bullía, la gente iba deprisa paseando por la acera de enfrente a la ventana; corría un grupo de adolescentes, con gorras de equipos de béisbol americanos, y varios coches corría sin control por la avenida de doble carril, la policía no controlaba mi barrio frecuentemente y menos iba a hacerlo un miércoles de madrugada. Mi dolor de cabeza había vuelto. Fui al cajón de la mesilla y saque un gelocatil. Me lo metí en la boca y lo trague. Pasaban los minutos y no me dormía. La fiebre volvía a subir, y mi nariz estaba mudando su piel por el roce de los pañuelos. Así continué hasta que el alba me despertó en el sofá.

Al levantarme, cogí mis bártulos y me fui al trabajo. Tenía la misma cara que el día anterior. La primera visita me acabó de rematar. Larga y tediosa fue la conversación que se mantuvo. Cuando se fue dije que me encontraba mal y pedí el resto del día. Recogí y volví a hacer el camino que hacía todos los días. Rutina, aburrimiento, tedio.

Llegando a mi casa vi una mujer con un díptico de Gauguin en las manos. Pensé en acercarme a preguntarle su nombre, dónde lo había cogido, razones; mi invadió una intensa curiosidad de repente. Dudé un momento en ir pero al final me acerqué. Con prudencia y disculpándome me presenté como Roberto, le pregunté por el díptico y me dijo, muy amablemente, que lo había cogido de un puesto de información hace un día y estaba localizando la galería donde se exponía. Era una admiradora de Paul Gauguin, estaba elaborando una tesis sobre la obra de sus inicios, cuando conoció a Theo Van Gogh y este expuso sus cuadros. Me explicó como Theo le conoció y luego presentó a su hermano Vincent. Ambos se convirtieron en grandes pintores, reconocidísimos. Yo me quedé obnubilado escuchándola hablar con tal pasión que me enamoré de sus palabras, de cómo ella se apasionaba contándome datos, que para mi no tenían ningún sentido, sólo conocía algunos cuadros de Van Gogh y de Gauguin apenas conocía su obra. En un arrebato de valentía propuse ir al café de la esquina, muy cerca de mi portal, para que me siguiera contando lo que ella tan brillantemente explicaba. Para mi sorpresa aceptó. Entramos, saludé a Tomás, y nos sentamos en la mesa más alejada de los aseos pero más luminosa, la mejor. Pedí una cerveza para ella y un té con limón para mi. Le expliqué como llevaba toda la semana y se apiadó de mi con un "pobre" languideciendo sus palabras. Le rogué que continuara, que qué había pasado en Panamá y en la Martinica con Paul y su amigo. Ella, efusiva, volvió al relato. A cada dato que salía de su boca me enamoraba aún más. Así seguimos una hora larga. Me había olvidado de la fiebre, las ojeras, congestión. Sólo atendía a su historia. De repente me dijo que se tenía que marchar y me dejó un teléfono para devolverme la invitación. Me quedé en la mesa y volvió el malestar. Tomás me preguntó quién era. Yo le dije que se llamaba Azabel, y que creía que el nombre era de origen mesopotámico o judío, que le acababa de conocer y nos pusimos a hablar en la calle.

En la cama esa noche intenté preparar una cita para el viernes y era obvio, debíamos ir a la exposición. La coincidencia me daba ventaja. Yo lo había visto antes, ella estaba trabajando sobre el pintor y le encantaba la idea de ver los cuadros que tantas veces había visto en filminas. Decidí llamar desde el trabajo la mañana siguiente. Teníamos que quedar para ese viernes o como muy tarde el sábado.

Llamé a Azabel y sus palabras tenían aquel tono que tienen las palabras cuando estás esperando algo y sucede; no hubo sorpresa sino confianza. Quedamos para esa tarde en el quiosco de información donde habíamos cogido y visto la información de la exposición a las seis. Yo me pasé a la hora de comer por la galería para comprobar si estaban los cuadros de los que me había hablado; algunos faltaban, dos o tres, pero los otros ocho estaban allí. Compré dos entradas y reservé un catálogo de la exposición.

Salí del trabajo y me fui rápido a casa. Ducha, afeitado, peinado y un poco de base en las ojeras para disimular ese color oscuro. Vaqueros azul claro, desgastados y una camisa de manga larga blanca con rayas rojas. Encima me puse un jersey negro jaspeado. Bajé andando despacio desde casa hasta Recoletos, y cuando ya veía el quiosco el ritmo cardíaco se aceleró. Volvía esa sensación de ansiedad por una mujer. Regresaban sensaciones antiguas de enamoramiento inicial al ver una bella mujer. Eran las seis menos diez y me planté delante del quiosco a esperar. Impaciente. Nervioso.

Azabel llegó puntual. Iba muy normal, nada sofisticada. Llevaba unos zapatos, manoletinas concretamente, blancos con motas rojas. Los pantalones eran rectos, vaqueros también, y azules casi negros y llevaba puesta una cazadora hasta la cintura de color rojo, no muy brillante, casi mate, con unos ribetes y broches en negro. El bolso, negro, de forma trapezoidal con las asas de piel arrugada. Traía puestas unas gafas de sol con grandes patillas y unas letras en ellas de color dorado. Cuando estuvo más cerca y me saludó pude ver la camiseta que se había puesto; las letras en negro sobre el fondo blanco incitaban a la libertad: "Do you know what to be free? Think and Live."

Me saludó y me dio un beso en cada mejilla. Reía y se le notaba ilusionada. Empezó a hablar de lo que había preparado para explicarme de algún cuadro. Durante el camino a la galería seguimos hablando. Ya en la puerta, di las entradas al taquillero y adquirí el catálogo reservado en la tienda de la entrada. Ella se sorprendió. La cita era para devolverme la invitación y volvía a invitarla. Me lo agradeció con sus palabras y con unos ojos que caían, párpados bajando lentamente.

La primera sala tenía varias cartas manuscritas entre los amigos y tres cuadros: Jardín bajo la nieve, Joven con abanico y El Sena en el puente de Jena. Azabel empezó su disertación sobre el impresionismo francés y como fue la evolución hacia el post impresionismo de Gauguin. Yo escuchaba " los pinceles resbalaban sobre el lienzo sin violencia, suavemente, con mucho color y pocos perfiles. Grandes contrastes de colores dominando las dimensiones pero mostrando estáticas las figuras". Luego pasó a hablarme de la etapa de Tahití. La mejor según los críticos pero para ella sólo es la más reconocida. Prefería la primera etapa, según salió de la escuela de arte parisina. Llegamos a la segunda sala; sólo dos cuadros, Autorretrato con sombrero y Mujeres de Tahití. Vi como eran las campesinas tahitianas, con esas faldas grandes, con bordados artesanos y algunas con los pechos al aire. Me explicó cuáles eran los símbolos y razones de su vestimenta. Y así siguió durante una hora y diez minutos. Embelesado me quedé de aquella mujer. Concluyó nuestra visita y salimos. La noche empezaba a nacer. Eran las siete y media de la tarde, pronto para cenar y también tarde para un café. No sabía que decir para entretenerla un poco más, quería que se quedara conmigo un poco más. Y sólo me salieron unas palabras, con tono de súplica perversa y muy insidiosas: vente conmigo, cenemos en casa. Ese arrebato de pasión no conmovió a Azabel. Sin embargo, me invitó a que la semana próxima fuéramos a cenar a un restaurante panameño que conocía cerca de Opañel, al sur de Madrid. Lugar para mi desconocido, sólo por referencias documentales, pero en su boca ese barrio sonaba maravilloso.

A la mañana siguiente me levanté, desayuné y me fui a trabajar. Cuando entraba por la rueda giratoria del edificio mi tarjeta no abría el torno. Un sudor frío me recorrió el brazo y la mano izquierda y una campana sonaba estridente al fondo. De repente se apagó aquel ruido constante y vi el cuadro de la entrada de mi habitación. Estaba desordenada y noté alta la fiebre.
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Los Sueños

¡Ya ves cómo miran los ojos de un enfermo!
Calamidades desnudas de papel retorcido
Inundan mis manos, y con la pluma
Describo mis anhelos oníricos. Despiértame.
No lo olvides, estás ahí, mirándome
Abiertos tus ojos y mi sangre
Gotea sobre el sobre lacrado,
Con las puntas de las hojas alargadas
Perennes; cae cada partícula al aire
Y tú, vago intento por cerrarme,
Despides mis sueños con tu caricia.

lunes, 1 de junio de 2009

PERDÓN POR EL RETRASO

Otro relatito...

El gato de la escalera maullaba


La última vez que lo oí maullar me levantaba de mi silla. Era una tarde plomiza, llena de nubes y sólo un rayito de luz veía a través del espeso cielo. Estaba escribiendo un poema.

El gato sobrevivía con los restos de los vecinos de la calle Velázquez esquina Alcalá. Incluso sobrevivió a varios intentos de captura y al menos dos accidentes de tráfico.

Era un gato grisáceo, casi negro pero con un brillo distinto a otros gatos negros. Cada mañana recorría la acera, saltando de portal en portal, y desde mi ventana lo veía. En mis vanos intentos de atraer su atención siempre fallaba. No me quería pensé y ya simplemente lo observaba y pensaba en cómo transcurriría su vida. Imaginaba sus sensaciones y como conseguía el alimento necesario a diario; buscaría en la basura, recogería los restos o recibiría donativos alimenticios de los porteros de las fincas colindantes. Las más caras de Madrid.

El martes volvía a casa y me entretuvo la vecina del tercero pidiéndome explicaciones por los ruidos de la noche anterior. No sabía a que se refería, no había estado en Madrid durante el fin de semana. Según alzaba el tono de voz yo más me perdía en los quehaceres pendientes de la casa, la aspiradora, la plancha, cambiar las sábanas, la comida del día siguiente. Así continuaban mis pensamientos, la compañera de trabajo, la de gafas de pasta azul y los tacones de siete centímetros, el novio de mi hermana, Ramón, que había discutido con ella y tuve que acoger a Petra en mi casa durante dos semanas, hasta que se ligó a su jefe y volvió a su apartamento. Con el fragor de la conversación no me di cuenta que el gato apareció de repente entre la vecina y mis pies. Se coló en el portal y la vecina al verlo intentó asustarlo con el pie y yo reaccioné. Recriminé el acto a mi vecina y en ese momento vi como el gato negro, hasta ese instante inaccesible, me rozó con su lomo, levantando la cabeza e inclinando las orejas hacia delante en señal de agradecimiento. Por un momento disfruté del roce sutil del pelo gris; disfruté del placer de ser acariciado.

Inmediatamente después intenté conducir al gato hacia mi piso para ofrecer algo de comida y satisfacer mi deseo. No quiso, se quedó mirándome y mirando a la vecina, abatida, ruborizada y con prisas por marcharse. El gato salió raudo hacia la calle. Yo me despedí apresuradamente e intenté seguirlo. Solamente alcancé a ver como cruzaba la calle y se colaba en el parque del Retiro, saltando los setos y la verja del paseo de los coches.

Al cabo de dos días volví a ver a aquella vecina. No nos saludamos. Seguimos nuestro camino sin hablar, dejando un rastro de maledicencia que no me pude contener y mi voz saltó con velocidad increpándole. Al gato nunca más lo he visto. Sólo aquella tarde volví a oír su maullido, muy agudo, estridente, y un sonido seco en la calle. Seguí escribiendo mi poema.

jueves, 16 de abril de 2009

NUNCA TUVE SUEÑO

El arrebato último fue la otra noche cuando me levanté y vi sombras entre las cortinas de mi cuarto; la calle Valverde me abría las oscuras veleidades de Madrid y no me acordaba de cómo había llegado hasta la ventana.

Sentí un placer inmenso al notar como me rozaban las borlas de fieltro del borde inferior de la cortina.

Ahí concluyó mi noche.
Descubrí que estaba mirando a través de la óptica bifocal de una minolta, ya inexistente, que mi madre me había regalado. Fue ella quien me llamó.

viernes, 3 de abril de 2009

Cambio de género

LA PUERTA ABIERTA

Las cinco y diecisiete de la tarde marcaba el reloj de Don Pedro Romero de Andrés y nunca se supo si había vuelto.

La mañana del seis de abril Román se marchó hacia Verdun en su coche verde, de motor diésel y de unos quince años de antigüedad. Las puertas se cerraban con un pestillo dorado que había pegado con siclicona usando una pistola de inyección que le habían regalado en uno de sus cumpleaños. En Verdun quería comprar dos faisanes para celebrar su aniversario y al final sólo pudo adquirir cuatro perdices de criadero.

Volviendo por la carretera tres cientos venticinco, en dirección a Petrum, su pueblo natal, divisó una cofradía de gente y quiso saber qué y quiénes eran. Aparcó el coche en la vereda y descendió lentamente. Miró impaciente y un poco angustiado descubrió a su tía abuela entre la muchedumbre. Le gritó y no dió signos de escucharlo. Volvió a elevar el tono del chillido y esta vez sí consigió que se diera la vuelta. Se miraron y cruzaron los ojos; eran unos ojos oscuros que estaban hundidos, arrugados hasta dibujar espirales infinitas en las cuencas, qué tan bien recordaba de aquellas tardes de primaveras en el patio de la casa de su abuelo. Vestía Anabela Romero Vestruda un traje negro con cinta de cuadros ajedrecísticos atada a la cintura. El pelo era blanco, puras canas enroscadas sobre sí mismas, describiendo unos rizos muy pronunciados. Para su edad mantenía un cuerpo fibroso y duro que movía ágilmente.

Al llegar cerca de ella le pidió explicaciones sobre la desaparición de su padre, Pedro Romero de Andrés, a lo que contestó Anabela con una simple frase: "Tu padre se fue porque le dejamos la puerta abierta".
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Llevaba tiempo pensando si publicar o no relatitos que tengo en la cabeza y ahora toca, como diría aquél. Es tiempo de un poco de prosa. Disfrútenla.

domingo, 15 de marzo de 2009

SUFRIMIENTO POR NO TENERTE ( IV)

El círculo que nunca acaba enrosca mis manos.
Los gritos que nunca se callan están en mis labios.
Y TÚ, silueta simulada sin sentido, no te dejas ver.

Sombras, perfiles que se reflejan en el suelo
En ángulos de treinta y siete grados,
Cuando los rayos caen sobre mi espalda
Y me quemo por no tenerte cerca.

Son las seis de la tarde de un martes en guerra
Con mis pensamientos y mi orgullo y
Me quemo por no tenerte cerca.

Sufro porque no se acaba este sufrimiento,
Sufro porque recuerdo tu ausencia,
Sufro, simplemente sufro, por no tenerte.

Concluyen así mis palabras
Que tan poco duran en tu boca;
Los lobos te las quitan cada noche.
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lunes, 2 de marzo de 2009

POR NO TENERTE ( III )

¡Fuera de aquí!
No quiero tener que elegir
Entre el despertar acabable y
La mirada permanente.

Dame razones para seguir de pie y,
Luchando contra la fragilidad
De mis fonemas etéreos,
Derruir paredes de tungsteno
Para conseguir llegar a mi destino.

Todo, todo, lo he hecho desde el principio
Por no tenerte,
Porque si te hubiera tenido
No habrían durado tan poco
Las palabras.
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Los juegos de esta noche
No me gustan,
Ni siquiera el poker descubierto
De las manos enemigas
Sirve para calmarme.
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lunes, 16 de febrero de 2009

DESAPARECE ( II )

A veces ni siquiera gritando obtenemos respuesta.

Sombras chinas
Hiladas por tus dedos
Demasiado finas para aguantar
Luchas internas verbales.
Los corazones palpitan
Y se entrelazan notas musicales
En el pentagrama de tus manos.

Nunca duró tan poco una palabra.

Nunca antes habían durado tan poco
Los colores en las fotos,
Se han difuminado los perfiles
De las imágenes que contienen;
Durabilidad escasa de una mano
Que abrazaba el aire esta mañana
Cuando me fuí de casa para buscarte.
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miércoles, 11 de febrero de 2009

NO VAS A LLEVARME

En la bruma de una ola
Soy las burbujas blancas
Y TÚ eres el movimiento;
Cadenciosos, oscilantes
Siempre nos movemos
Y tenemos un final.

En las mañanas descubro,
Cuando me arrebata los sueños
El tintinar del despertador
Como cristales rozándose,
Tu imagen poderosa.
Sin embargo no te reconozco
En las noches cuando
Sólo mis palabras me acompañan;
La ausencia de imágenes
Me provoca angustia
Y TÚ eres la culpable.

Sólo TÚ, la que ni siquiera puede tocarnos
Porque le falta el alma,
La que no puede olernos
Porque le falta sensibilidad,
Aquella por la que se reza en México
Con fervor venerado y
Letanías de maitines
Y de nonas inacabadas.
Sólo TÚ quisiste llevarme.
No había nadie más,
Y todavía soy más fuerte que tú,
Y más poderosas son las letras
Y el amor
Y el color rojo
Y la amistad,
Pero que sepas
Que no vas a llevarme.
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viernes, 6 de febrero de 2009

PRIMERO

En la pared blanca de la habitación de al lado
Están las manos marcadas por el sudor atemperado
De esta mañana calurosa de diciembre
En este Madrid insolente que amanece.

En la puerta marrón de mi cuarto,
En una estantería doblada de tu cuarto,
Donde siempre acabamos haciendo el amor...
Allí, donde siempre llega nadie,
Te esperaré para acabar el viaje.
...
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Etiqueta: La durabilidad de las palabras

lunes, 2 de febrero de 2009

COMENCEMOS

"Si sólo has estado arriba y de pie
Tu persperctiva está sobrevalorada."
ÁLVARO VALVERDE
"Quien no ha caído nunca no tiene una idea justa
Del esfuerzo que hay que hacer para mantanerse en pie."
MULTATULI

Ya hemos regresado
Del descanso invernal;
Entre las paredes blancas
Y delgaditas,
Casi como de celulosa polimerizada y estucada
Entre las cuales hemos resistido
Cincuenta y siete días largos
Y odiosos.

Ya volvemos al círculo
Con sus actividades inacabadas
Terminadas e inconclusas
Empezadas e infinitas;
Son el principio y el final unidas en espiral
En círculos cerrados y luego abiertos
Donde caben todos los deseos imaginables
Y también los que nunca podremos desear.
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Le estancia fue larga pero me ha dado más fuerzas. Sigamos...

Cuaderno de escritura, vida y otras cuestiones.