lunes, 15 de junio de 2009

LA GALERÍA DE ARTE


Eran las dos de la tarde. Caminaba hacia casa después de una mañana larga de trabajo. Mis pasos iban evitando las juntas de las baldosas de la acera impar del Paseo del Prado. La brisa del mes de abril golpeaba en mis ojeras negras, ¡maldita fiebre nocturna!. En vela había estado toda la noche anterior y trabajar no ayudaba mucho a recuperarme. Pasé cerca del quiosco de información turística y me llamó la atención un cartel que anunciaba una exposición sobre Paul Gauguin en la galería <>. Tomé nota de las fechas y seguí mi trayecto.


Llegué a casa. Comí el brócoli que había cocinado la tarde anterior y planché la camisa de la fiesta del sábado pasado. Volví al trabajo cerca de las cinco de la tarde, me esperaban otras cuatro horas.

Durante la noche vi el anuncio de la exposición en la televisión, comprobé la fecha otra vez; 26 de Noviembre 2007 hasta 26 de Enero 2008, de 10 horas a 20 horas, lunes a sábado. Me fui a la cama y no pude descansar otra vez. La fiebre ya arreciaba, al igual que la congestión. El remedio casero de mi compañero unido al analgésico no habían funcionado. Otra noche en vela me tocó.

Las luces de enfrente de mi balcón dibujaban líneas continuas de intenso brillo anaranjado. Me levanté a las tres de la madrugada y descubrí como la ciudad bullía, la gente iba deprisa paseando por la acera de enfrente a la ventana; corría un grupo de adolescentes, con gorras de equipos de béisbol americanos, y varios coches corría sin control por la avenida de doble carril, la policía no controlaba mi barrio frecuentemente y menos iba a hacerlo un miércoles de madrugada. Mi dolor de cabeza había vuelto. Fui al cajón de la mesilla y saque un gelocatil. Me lo metí en la boca y lo trague. Pasaban los minutos y no me dormía. La fiebre volvía a subir, y mi nariz estaba mudando su piel por el roce de los pañuelos. Así continué hasta que el alba me despertó en el sofá.

Al levantarme, cogí mis bártulos y me fui al trabajo. Tenía la misma cara que el día anterior. La primera visita me acabó de rematar. Larga y tediosa fue la conversación que se mantuvo. Cuando se fue dije que me encontraba mal y pedí el resto del día. Recogí y volví a hacer el camino que hacía todos los días. Rutina, aburrimiento, tedio.

Llegando a mi casa vi una mujer con un díptico de Gauguin en las manos. Pensé en acercarme a preguntarle su nombre, dónde lo había cogido, razones; mi invadió una intensa curiosidad de repente. Dudé un momento en ir pero al final me acerqué. Con prudencia y disculpándome me presenté como Roberto, le pregunté por el díptico y me dijo, muy amablemente, que lo había cogido de un puesto de información hace un día y estaba localizando la galería donde se exponía. Era una admiradora de Paul Gauguin, estaba elaborando una tesis sobre la obra de sus inicios, cuando conoció a Theo Van Gogh y este expuso sus cuadros. Me explicó como Theo le conoció y luego presentó a su hermano Vincent. Ambos se convirtieron en grandes pintores, reconocidísimos. Yo me quedé obnubilado escuchándola hablar con tal pasión que me enamoré de sus palabras, de cómo ella se apasionaba contándome datos, que para mi no tenían ningún sentido, sólo conocía algunos cuadros de Van Gogh y de Gauguin apenas conocía su obra. En un arrebato de valentía propuse ir al café de la esquina, muy cerca de mi portal, para que me siguiera contando lo que ella tan brillantemente explicaba. Para mi sorpresa aceptó. Entramos, saludé a Tomás, y nos sentamos en la mesa más alejada de los aseos pero más luminosa, la mejor. Pedí una cerveza para ella y un té con limón para mi. Le expliqué como llevaba toda la semana y se apiadó de mi con un "pobre" languideciendo sus palabras. Le rogué que continuara, que qué había pasado en Panamá y en la Martinica con Paul y su amigo. Ella, efusiva, volvió al relato. A cada dato que salía de su boca me enamoraba aún más. Así seguimos una hora larga. Me había olvidado de la fiebre, las ojeras, congestión. Sólo atendía a su historia. De repente me dijo que se tenía que marchar y me dejó un teléfono para devolverme la invitación. Me quedé en la mesa y volvió el malestar. Tomás me preguntó quién era. Yo le dije que se llamaba Azabel, y que creía que el nombre era de origen mesopotámico o judío, que le acababa de conocer y nos pusimos a hablar en la calle.

En la cama esa noche intenté preparar una cita para el viernes y era obvio, debíamos ir a la exposición. La coincidencia me daba ventaja. Yo lo había visto antes, ella estaba trabajando sobre el pintor y le encantaba la idea de ver los cuadros que tantas veces había visto en filminas. Decidí llamar desde el trabajo la mañana siguiente. Teníamos que quedar para ese viernes o como muy tarde el sábado.

Llamé a Azabel y sus palabras tenían aquel tono que tienen las palabras cuando estás esperando algo y sucede; no hubo sorpresa sino confianza. Quedamos para esa tarde en el quiosco de información donde habíamos cogido y visto la información de la exposición a las seis. Yo me pasé a la hora de comer por la galería para comprobar si estaban los cuadros de los que me había hablado; algunos faltaban, dos o tres, pero los otros ocho estaban allí. Compré dos entradas y reservé un catálogo de la exposición.

Salí del trabajo y me fui rápido a casa. Ducha, afeitado, peinado y un poco de base en las ojeras para disimular ese color oscuro. Vaqueros azul claro, desgastados y una camisa de manga larga blanca con rayas rojas. Encima me puse un jersey negro jaspeado. Bajé andando despacio desde casa hasta Recoletos, y cuando ya veía el quiosco el ritmo cardíaco se aceleró. Volvía esa sensación de ansiedad por una mujer. Regresaban sensaciones antiguas de enamoramiento inicial al ver una bella mujer. Eran las seis menos diez y me planté delante del quiosco a esperar. Impaciente. Nervioso.

Azabel llegó puntual. Iba muy normal, nada sofisticada. Llevaba unos zapatos, manoletinas concretamente, blancos con motas rojas. Los pantalones eran rectos, vaqueros también, y azules casi negros y llevaba puesta una cazadora hasta la cintura de color rojo, no muy brillante, casi mate, con unos ribetes y broches en negro. El bolso, negro, de forma trapezoidal con las asas de piel arrugada. Traía puestas unas gafas de sol con grandes patillas y unas letras en ellas de color dorado. Cuando estuvo más cerca y me saludó pude ver la camiseta que se había puesto; las letras en negro sobre el fondo blanco incitaban a la libertad: "Do you know what to be free? Think and Live."

Me saludó y me dio un beso en cada mejilla. Reía y se le notaba ilusionada. Empezó a hablar de lo que había preparado para explicarme de algún cuadro. Durante el camino a la galería seguimos hablando. Ya en la puerta, di las entradas al taquillero y adquirí el catálogo reservado en la tienda de la entrada. Ella se sorprendió. La cita era para devolverme la invitación y volvía a invitarla. Me lo agradeció con sus palabras y con unos ojos que caían, párpados bajando lentamente.

La primera sala tenía varias cartas manuscritas entre los amigos y tres cuadros: Jardín bajo la nieve, Joven con abanico y El Sena en el puente de Jena. Azabel empezó su disertación sobre el impresionismo francés y como fue la evolución hacia el post impresionismo de Gauguin. Yo escuchaba " los pinceles resbalaban sobre el lienzo sin violencia, suavemente, con mucho color y pocos perfiles. Grandes contrastes de colores dominando las dimensiones pero mostrando estáticas las figuras". Luego pasó a hablarme de la etapa de Tahití. La mejor según los críticos pero para ella sólo es la más reconocida. Prefería la primera etapa, según salió de la escuela de arte parisina. Llegamos a la segunda sala; sólo dos cuadros, Autorretrato con sombrero y Mujeres de Tahití. Vi como eran las campesinas tahitianas, con esas faldas grandes, con bordados artesanos y algunas con los pechos al aire. Me explicó cuáles eran los símbolos y razones de su vestimenta. Y así siguió durante una hora y diez minutos. Embelesado me quedé de aquella mujer. Concluyó nuestra visita y salimos. La noche empezaba a nacer. Eran las siete y media de la tarde, pronto para cenar y también tarde para un café. No sabía que decir para entretenerla un poco más, quería que se quedara conmigo un poco más. Y sólo me salieron unas palabras, con tono de súplica perversa y muy insidiosas: vente conmigo, cenemos en casa. Ese arrebato de pasión no conmovió a Azabel. Sin embargo, me invitó a que la semana próxima fuéramos a cenar a un restaurante panameño que conocía cerca de Opañel, al sur de Madrid. Lugar para mi desconocido, sólo por referencias documentales, pero en su boca ese barrio sonaba maravilloso.

A la mañana siguiente me levanté, desayuné y me fui a trabajar. Cuando entraba por la rueda giratoria del edificio mi tarjeta no abría el torno. Un sudor frío me recorrió el brazo y la mano izquierda y una campana sonaba estridente al fondo. De repente se apagó aquel ruido constante y vi el cuadro de la entrada de mi habitación. Estaba desordenada y noté alta la fiebre.
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Los Sueños

¡Ya ves cómo miran los ojos de un enfermo!
Calamidades desnudas de papel retorcido
Inundan mis manos, y con la pluma
Describo mis anhelos oníricos. Despiértame.
No lo olvides, estás ahí, mirándome
Abiertos tus ojos y mi sangre
Gotea sobre el sobre lacrado,
Con las puntas de las hojas alargadas
Perennes; cae cada partícula al aire
Y tú, vago intento por cerrarme,
Despides mis sueños con tu caricia.

lunes, 1 de junio de 2009

PERDÓN POR EL RETRASO

Otro relatito...

El gato de la escalera maullaba


La última vez que lo oí maullar me levantaba de mi silla. Era una tarde plomiza, llena de nubes y sólo un rayito de luz veía a través del espeso cielo. Estaba escribiendo un poema.

El gato sobrevivía con los restos de los vecinos de la calle Velázquez esquina Alcalá. Incluso sobrevivió a varios intentos de captura y al menos dos accidentes de tráfico.

Era un gato grisáceo, casi negro pero con un brillo distinto a otros gatos negros. Cada mañana recorría la acera, saltando de portal en portal, y desde mi ventana lo veía. En mis vanos intentos de atraer su atención siempre fallaba. No me quería pensé y ya simplemente lo observaba y pensaba en cómo transcurriría su vida. Imaginaba sus sensaciones y como conseguía el alimento necesario a diario; buscaría en la basura, recogería los restos o recibiría donativos alimenticios de los porteros de las fincas colindantes. Las más caras de Madrid.

El martes volvía a casa y me entretuvo la vecina del tercero pidiéndome explicaciones por los ruidos de la noche anterior. No sabía a que se refería, no había estado en Madrid durante el fin de semana. Según alzaba el tono de voz yo más me perdía en los quehaceres pendientes de la casa, la aspiradora, la plancha, cambiar las sábanas, la comida del día siguiente. Así continuaban mis pensamientos, la compañera de trabajo, la de gafas de pasta azul y los tacones de siete centímetros, el novio de mi hermana, Ramón, que había discutido con ella y tuve que acoger a Petra en mi casa durante dos semanas, hasta que se ligó a su jefe y volvió a su apartamento. Con el fragor de la conversación no me di cuenta que el gato apareció de repente entre la vecina y mis pies. Se coló en el portal y la vecina al verlo intentó asustarlo con el pie y yo reaccioné. Recriminé el acto a mi vecina y en ese momento vi como el gato negro, hasta ese instante inaccesible, me rozó con su lomo, levantando la cabeza e inclinando las orejas hacia delante en señal de agradecimiento. Por un momento disfruté del roce sutil del pelo gris; disfruté del placer de ser acariciado.

Inmediatamente después intenté conducir al gato hacia mi piso para ofrecer algo de comida y satisfacer mi deseo. No quiso, se quedó mirándome y mirando a la vecina, abatida, ruborizada y con prisas por marcharse. El gato salió raudo hacia la calle. Yo me despedí apresuradamente e intenté seguirlo. Solamente alcancé a ver como cruzaba la calle y se colaba en el parque del Retiro, saltando los setos y la verja del paseo de los coches.

Al cabo de dos días volví a ver a aquella vecina. No nos saludamos. Seguimos nuestro camino sin hablar, dejando un rastro de maledicencia que no me pude contener y mi voz saltó con velocidad increpándole. Al gato nunca más lo he visto. Sólo aquella tarde volví a oír su maullido, muy agudo, estridente, y un sonido seco en la calle. Seguí escribiendo mi poema.

Cuaderno de escritura, vida y otras cuestiones.