lunes, 1 de junio de 2009

PERDÓN POR EL RETRASO

Otro relatito...

El gato de la escalera maullaba


La última vez que lo oí maullar me levantaba de mi silla. Era una tarde plomiza, llena de nubes y sólo un rayito de luz veía a través del espeso cielo. Estaba escribiendo un poema.

El gato sobrevivía con los restos de los vecinos de la calle Velázquez esquina Alcalá. Incluso sobrevivió a varios intentos de captura y al menos dos accidentes de tráfico.

Era un gato grisáceo, casi negro pero con un brillo distinto a otros gatos negros. Cada mañana recorría la acera, saltando de portal en portal, y desde mi ventana lo veía. En mis vanos intentos de atraer su atención siempre fallaba. No me quería pensé y ya simplemente lo observaba y pensaba en cómo transcurriría su vida. Imaginaba sus sensaciones y como conseguía el alimento necesario a diario; buscaría en la basura, recogería los restos o recibiría donativos alimenticios de los porteros de las fincas colindantes. Las más caras de Madrid.

El martes volvía a casa y me entretuvo la vecina del tercero pidiéndome explicaciones por los ruidos de la noche anterior. No sabía a que se refería, no había estado en Madrid durante el fin de semana. Según alzaba el tono de voz yo más me perdía en los quehaceres pendientes de la casa, la aspiradora, la plancha, cambiar las sábanas, la comida del día siguiente. Así continuaban mis pensamientos, la compañera de trabajo, la de gafas de pasta azul y los tacones de siete centímetros, el novio de mi hermana, Ramón, que había discutido con ella y tuve que acoger a Petra en mi casa durante dos semanas, hasta que se ligó a su jefe y volvió a su apartamento. Con el fragor de la conversación no me di cuenta que el gato apareció de repente entre la vecina y mis pies. Se coló en el portal y la vecina al verlo intentó asustarlo con el pie y yo reaccioné. Recriminé el acto a mi vecina y en ese momento vi como el gato negro, hasta ese instante inaccesible, me rozó con su lomo, levantando la cabeza e inclinando las orejas hacia delante en señal de agradecimiento. Por un momento disfruté del roce sutil del pelo gris; disfruté del placer de ser acariciado.

Inmediatamente después intenté conducir al gato hacia mi piso para ofrecer algo de comida y satisfacer mi deseo. No quiso, se quedó mirándome y mirando a la vecina, abatida, ruborizada y con prisas por marcharse. El gato salió raudo hacia la calle. Yo me despedí apresuradamente e intenté seguirlo. Solamente alcancé a ver como cruzaba la calle y se colaba en el parque del Retiro, saltando los setos y la verja del paseo de los coches.

Al cabo de dos días volví a ver a aquella vecina. No nos saludamos. Seguimos nuestro camino sin hablar, dejando un rastro de maledicencia que no me pude contener y mi voz saltó con velocidad increpándole. Al gato nunca más lo he visto. Sólo aquella tarde volví a oír su maullido, muy agudo, estridente, y un sonido seco en la calle. Seguí escribiendo mi poema.

3 comentarios:

Belén dijo...

Los retrasos no son importantes si vuelves con cosas así, querido mío...

Los relatos cortos son complicados, porque contar mucho en poco tiempo es difícil, pero veo que vas pillando el truco :P

besicos gatunos

Ulises V. dijo...

Me trae muchos recuerdos, y las observaciones acerca las conductas del gato tienen muchas similitudes con las del comportamiento humano.
Muy lindo relato, te sigo.
Saludos desde California :)

Abejitas dijo...

Muy buen relato, me ha gustado mucho leerlo.

Besitos de miel.

Cuaderno de escritura, vida y otras cuestiones.