sábado, 1 de agosto de 2009

LOS POST - IT

- Buenos días, ¿me puede poner un café espreso con leche de soja?. Gracias.


Le sirven un café en un vaso de poliestireno y le cobran tres euros con setenta céntimos porque la publicidad de la marca del café la hace Robert Downey Jr. Es un sistema capitalista muy injusto. Reconoce la calidad pero a un alto precio; a veces es tan ficticio que no sabemos por qué pero nos lo creemos.


- ¿Quiere una galleta o alguna otra delicatessen?.
- No.
- Son tres con setenta. Gracias. Aquí tiene su tique y el cambio.


El café está muy caliente, y tiene que dejarlo enfriar antes de poder saborearlo por primera vez.


Se sienta en un taburete y la mañana ha comenzado.

Esta rutina la tiene Albert, un catalán afincado en Madrid desde hace doce años, todas las mañanas. Antes de ir a sentarse en su silla reclinable gris compra el periódico La Vanguardia, aún mantiene las raíces del periodismo catalán.


En su mesa tiene todo lo necesario para cumplir con sus tareas a diario, desde lápices, hasta los clip plateados labiados. Además hace apenas dos semanas también dispone de un paquete de post-it azules. Han sido todo una novedad porque ya tiene una herramienta para no olvidar las citas, las reuniones, etcétera. Tanto uso hace de los post-it que incluso pasa notas a los compañeros en vez de hablarles.


Albert tiene una novia llamada Andrea que trabaja en el mismo edificio que él ocho plantas más arriba. Siempre llegan a la misma hora a la puerta del rascacielo y suben juntos hasta la planta decimocuarta, donde trabaja Albert. Andrea le da un beso y lo saca del ascensor para que se quede con ese sabor en sus labios durante el día y comience su jornada. Albert entra en la oficina y sigue pensando en esos labios que le han besado, los disfruta por unos tres minutos antes de encender el ordenador y ver el líquido de la pantalla centellear con avisos de "nuevo mensaje de email".


Transcurre la mañana y sólo a veces recuerda a Andrea. El resto del tiempo se entretiene con los post-it y las notas que escribe. Ha cogido tanta práctica o manía que tiene que encarga otro paquete porque apenas le quedan una decena.


El miércoles de la semana treinta y tres del año, Albert recibe una llamada de Andrea y le cita para una cena de cumpleaños en el restaurante Pordi, a las nueve de la noche del jueves de la siguietne semana; le ruega que no falte y no llegue tarde. Albert toma nota en un post it azul y se lo mete en la chaqueta doblado por la mitad.

Albert se marcha a casa ese día y se cambia de ropa.

Esa noche cena con Andrea, hacen el amor y empiezan a planear el futuro. Deciden negociar con Pedro la compra de su casa para finales de año.


El miércoles de la semana treinta y cuatro del año, Andrea recuerda la cena a Albert. Éste para no parecer despreocupado le confirma que sí, que lo sabe y que lo tiene preparado. Sin embargo se vuelve loco buscando el post-it azul; dónde lo escribió. No recuerda dónde lo puso, en qué traje, en qué bolsillo, dónde era el restaurante. No recuerda nada. Decide arriesgar y salir antes de tiempo para espiar a Andrea y decirla que si se van juntos, incluso piensa en llamarla para proponerle que se vean en la entrada del edificio. Ninguna de las dos opciones es válida, Andrea es de las que lo advierte una vez, y sólo una vez. Albert ya tiene varios avisos y nuca se ha creído que su novia pueda dejarlo porque no le presta atención. Albert está nervioso e incapaz de reaccionar y planear una solución. Decide llamarla para quedar e ir juntos. Piensa que es lo más sensato; pondrá alguna excusa para salir antes, dando prioridad a la cena y quedará perfecta. Él piensa que así Andrea le perdonará alguno de los olvidos.


Cuando Albert coge el teléfono y llama a la oficina le contesta Berta. Andrea ya se ha ido. A Albert le entra el pánico, sale corriendo del despacho y no toma el ascensor, baja las escaleras de cuatro en cuatro y llega a la entrada. El sudor le resbala por la frente, tiene las axilas marcadas con cercos de humedad, se le ha movido el flequillo y tiene una respiración muy acelerada. Pregunta a las chicas de seguridad si han visto a Andrea. Ellas no conocen a su novia. Él no sabe que hacer, está muy nervioso y paralizado en los tornos del rascacielo. Se queda unos diez segundos inmóvil delante del torno, con la cartera en la mano derecha pensando que hacer. Sube a su despacho y se para a pensar. No encuentra respuesta que le satisfaga. Opta por irse a casa y esperar, es la actitud típica que ya ha tenido en otras ocasiones.


A eso de las diez y cuarto recibe un mensaje de texto en el móvil y rompe a llorar como un niño pequeño al que le están saliendo los dientes. El llanto es estridente, muy agudo, nunca antes había llorado así.


Nunca antes le habían dejado a través de un mensaje de texto.

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3 comentarios:

Abejitas dijo...

Qué triste... triste olvidar las cosas, triste que te dejen así y por ese motivo. En todo caso un buen texto.

Besitos de miel

Belén dijo...

Y no sabe llamar?

(...)

Besicos

Anónimo dijo...

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Cuaderno de escritura, vida y otras cuestiones.